martes, 29 de enero de 2013

“Los Inmigrantes” de Norberto James

Por Simeón Arredondo
Poeta, ensayista y activista cultural
simeonarredondo@yahoo.com.mx

Cuando la margen occidental del Río Higuamo, próximo a su desembocadura en el Mar Caribe, fue objeto de un asentamiento humano en 1822, sus protagonistas, que inmigraban desde Santo Domingo, quizás no advirtieron que daban el “primer picazo” para la construcción de una de las ciudades más importantes de la República Dominicana.

Nacía Mosquitisol, una aldea de pescadores y agricultores que unos decenios después ocuparía ambas márgenes del río y parte de la costa caribeña convirtiéndose en la ciudad de San Pedro de Macorís alimentada por grandes olas migratorias.

Con este fenómeno sociopolítico se evidenciaba una vez más que en gran medida, los inmigrantes son quienes “escriben” la historia de los pueblos, en el sentido de que son ellos, los procedentes desde otros lugares, los que generan los grandes cambios en las diferentes sociedades; son por lo regular, los que motorizan la transformaciones que ocurren en una sociedad.

Desde los orígenes de la humanidad han existido los movimientos migratorios. De hecho, el hombre primitivo se caracterizaba por ser nómada. Así como muchos animales, especialmente aves, emigran cada año de una zona a otra, ya sea por razones alimenticias, climáticas, etc., el ser humano se mueve con frecuencia de un lugar a otro distinto, ya sea por motivos sociales, políticos, culturales o económicos.
Aunque muchas veces se combinan más de una razón, casi siempre la última está presente en la toma de la decisión, y si bien se producen desplazamientos desde y hacia todos los continentes del planeta envolviendo a una alta cantidad de países, lo mismo que dentro de cada país la gente se desplaza desde y hacia diferentes regiones, ciudades o zonas, a diferencia de las aves y de otros animales, el hombre no siempre regresa a su lugar de origen, sino que en un porcentaje muy considerable de los casos se queda en el lugar hacia donde ha emigrado, o sea, donde es inmigrante.

Cada fenómeno o movimiento migratorio tiene una explicación. Así también cada inmigrante de modo particular tiene una historia. Es quizás lo que intenta contarnos el poeta Norberto James en su muchas veces elogiado poema “Los inmigrantes”, que aunque el autor ha emigrado a las tierras del norte de América, su canto, su voz, su creación, además de haber volado por varios contornos del universo, han perdurado en tierra dominicana, se han mantenido en las mentes y en los corazones de quienes permanecemos en esta media isla que él ha manifestado añora tanto.

Si bien Norberto James ha producido y publicado muchos y buenos poemas que se encuentran contenidos en varios libros publicados bajo su firma, “Los inmigrantes” sigue siendo su más emblemática producción poética.

Los padres de Norberto James llegaron a la República Dominicana durante la primera mitad del siglo XX al igual que miles de inmigrantes que provenían de varias Antillas, islas que a su vez habían sido pobladas por africanos bajo dominio de Inglaterra. Ese éxodo de afrocaribeños o cocolos, como tradicionalmente se les ha llamado, hacia territorio dominicano marcaría gran parte del rumbo de la historia de San Pedro de Macorís, no sólo por la cantidad de inmigrantes que recibió la provincia en un período relativamente corto, sólo entre los 4 años que van desde 1913 hasta 1916 llegaron 19,918 cocolos (Martínez, Héctor Luis. San Pedro de Macorís en el renacimiento de la industria azucarera, 1870-1930, Editora Búho, 2006. Pag. 115), sino también por la alta incidencia que esos nuevos habitantes tendrían en el devenir cultural de la ciudad que posteriormente sería calificada como “La Sultana del Este”, “Macorís del Mar”, o “La Tasita de Oro” debido al gran esplendor económico, el alto nivel social y cultual, y la importancia política que alcanzó y mantuvo por mucho tiempo.

Aunque en esa época hacia San Pedro de Macorís se produjo una gran ola migratoria que comprendía ciudadanos dominicanos provenientes desde otros puntos del país, y extranjeros que llegaron desde Cuba, Puerto Rico, Haití, España, China, Arabia y otros puntos del planeta, fueron los procedentes de las islas inglesas en el Caribe, esos que “no tuvieron tiempo –de niños- para asir entre sus dedos los múltiples colores de las mariposas”, los que parieron un bardo que escribió por ellos y para ellos un poema que describe y narra sus vidas en medio de “esta horrible oscuridad plagada de monstruos”.

No nos cabe dudas de que Norberto James es un poeta de una alta sensibilidad social. Refiriéndose a su modo de escribir, el Doctor en Letras Latinoamericanas y catedrático de literatura en la Universidad de Toronto, Néstor E. Rodríguez, dice: “Este rasgo de la poética literaria de Norberto James se une a la finura de su artesanía para hacer de su obra, junto a la de don Pedro Mir, el estadio más alto de la poesía social dominicana”.

Esas condiciones son las que llevan a este hombre, nacido en el Ingenio Consuelo de San Pedro de Macorís, donde palpó y vivió los azares de la transformación de la caña en azúcar, a escribir un poema de la trascendencia de “Los inmigrantes”, cuyo sentir y esencia los seguirá manifestando en otras composiciones poéticas como en “Señal de identidad” o en “Te sentí venir” cuando dice: “Más ¿qué puede dar/ un triste muchacho sin paz/ que no sea su heredada calma/ su duro silencio de batey en tiempo muerto?”.

En “Los inmigrantes” el poeta de ascendencia afrocaribeña hace un reconocimiento a sus ancestros y a los que como ellos dejaron atrás sus tierras, y a las familias que crearon en esta nueva morada, y a los oficios que eligieron, y a las tradiciones e instituciones que crearon.

Óyeme viejo Willy cochero
fiel enamorado de la masonería.
Óyeme, tú George Jones
ciclista infatigable.
John Thomas predicador.
Winston Brodie maestro.
Prudy Ferdinand trompetista.
Cyril Chalanger ferrocarrilero.
Audrey James químico.
Violeta Stephen soparano.
Chico Conton pelotero.
Vengo con todos los viejos tambores
arcos flechas
espadas y hachas de madera
pintadas a todo color
ataviado
de la multicolor vestimenta de Primo
el Guloya–Enfermero.

El poema concluye con un juego de palabras mediante las cuales el autor, que inicia el texto en tercera persona y unas veces se sumerge en él para luego salir, hace una promesa y echa a volar la imaginación en alas de esperanza.

Vengo a escribir vuestros nombres
junto al de los sencillos.
Ofrendaros
esta Patria mía y vuestra
porque os la ganáis
junto a nosotros
en la brega diaria
por el pan y la paz
por la luz y el amor.
Porque cada día que pasa
cada día que cae
sobre vuestra fatigada sal de obreros
construimos
la luz que nos deseáis.
Aseguramos
la posibilidad del canto
para todos.

El propio Norberto James ha escrito: “Hoy son muchos los cocolos que honran, no sólo las regiones en donde originalmente se asentaron sus antepasados, sino a todo el país. para ellos, para darles la bienvenida que nunca tuvieron es mi poema Los inmigrantes”. A pesar de ser este poema una de las primeras inspiraciones de su autor (fue escrito en 1969, fecha para la cual el poeta no había alcanzado los 24 años de edad), es aún su obra más sonora, más analizada y más elogiada.

“Los inmigrantes” constituye un verdadero homenaje a esos miles de afrocaribeños que vinieron a la República Dominicana a trabajar en la industria azucarera, pero que “aún no se ha escrito la historia de su congoja”, y que “su viejo dolor unido al nuestro” aún pulula en los alrededores del puerto petromacorisano y flota en el lomo del Higuamo recordando el rugido de las chimeneas, el ruido característico de las locomotoras y las pisadas de bueyes cansados tirando carretas repletas de cañas lavadas con sudor cocolo.
 

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